Gaspar Agulló

La industria zapatera está obligada a cambiar

Investigador local

Estudié Económicas en Valencia hace un montón de años, publiqué junto a Alberto Brí y Josep-Antoni Ybarra un breve estudio en la revista Festa d’Elx de 1974 que indagaba alrededor del origen de la industrialización local cuando Bernabé Maestre aún no había publicado su interesante trabajo. Entré como trabajador manual en una empresa de calzado en 1976 (por cierto Calzados Mustang de Pascual Ros Aguilar); fui elegido por la Asamblea de delegados del Calzado para negociar con la patronal el Convenio del sector en el Movimiento Asambleario. Una vez pasada la famosa huelga, invitado por unos ilustres eldenses (Roque Miralles, Leal y Batiste) participé en el congreso fundacional de la Piel en USO al que presenté la plataforma reivindicativa del sector; nombrado secretario de acción reivindicativa redacté el primer Plan de Reconversión procedente de una central sindical, con la inestimable colaboración de los ilustres eldenses antes citados. En todo este proceso llegaron a decir que era una de las personas que más y mejor conocía el calzado, sus problemas, sus debilidades y sus virtudes. Me atreví a vaticinar lo que después por desgracia pasó: el cierre de las grandes empresas, la atomización del sector, el paro y el clandestinaje (o sea la inmersión en la economía sumergida).

A pesar de que las circunstancias personales me alejaron de ese mundo siempre he seguido con interés los esfuerzos para mantener o mejorar lo que hasta hace apenas dos décadas era un monocultivo industrial que daba trabajo a un montón de personas a lo largo del eje del Vinalopó. Y aún sigue haciéndolo, aunque sin ocupar el lugar preeminente que hasta hace poco le caracterizaba. El estancamiento hace años que resulta evidente y en paralelo las ciudades que sustentaban el monocultivo se encuentran en una situación que traduce en múltiples síntomas lo dicho. Así que vamos a entrar directamente al grano.

 

El contexto.

El calzado y en general el textil se caracterizan por ser una de las primeras actividades en las que se produjo la industrialización que se caracteriza además por no requerir inversiones cuantiosas para iniciar la producción fabril.  Históricamente esto ha sido a la vez una ventaja y un inconveniente porque todos los países a medida que han iniciado la industrialización han empezado por ahí. Y ya no estamos en una fase de crecimiento exponencial de la demanda. En Europa en general, hasta 1920 aún era posible encontrar personas no calzadas o deficientemente vestidas lo que suponía la posible expansión de la demanda. Hoy en día las posibilidades de crecimiento de la misma son más bien escasas o pueden requerir características especiales: solo los desposeídos están al margen del mercado del zapato y aunque sean millones antes de que estén en condiciones de comprar zapatos tienen que tener dinero. Casi se podría tasar y segmentar a partir de los datos poblacionales la demanda de zapatos  de manera que termine existiendo una cierta correlación entre lo que se produce y lo que efectivamente se consume. Es la consecuencia lógica de una verdad de Perogrullo: no se pueden vender todos los zapatos que se producen.

 

La propuesta.

En este contexto solo las empresas o unidades productivas que tengan algo que aportar pueden resistir la competencia. Ya hay países enteros que no tienen industria del calzado y otros en los que va desapareciendo paulatinamente como consecuencia del empuje de los nuevos y no tan nuevos productores. Lo que pasa ahora y aquí ya ha pasado antes en otros lugares; es más el calzado español compitió con éxito con otras industrias en Europa, consiguiendo su propia cuota de mercado y llevando el cierre de empresas en otros lugares (aquí surge una reflexión colateral interesante: la historia debe servir para saber como se superó el bache en esos otros lugares).

La frase que encabeza el párrafo es la clave: con una demanda escasamente elástica o incapaz de crecer significativamente hay que ofrecer algo más que el precio o / y la calidad para vender y mantenerse.

Si se define la posmodernidad como el proceso de recorrer los caminos ya trillados para buscar novedades aunque sea mirándolo todo con lupa ese es el camino que desde aquí se propone: hay que reinventar el sector para intentar redefinir sus principales paradigmas;  en la actualidad las patentes de maquinaria se concentran en Italia, Estados Unidos e Inglaterra, siguiendo el modelo de producción fordista, aunque aquí y ahora aparezca segmentado en multitud de micro talleres especializados y bajo el “just in time”; las tendencias de moda y diseño están ocupadas por Italia de nuevo, por Francia y España; la distribución está en manos holandesas, alemanas y americanas; la producción material se desplaza a pasos agigantados hacia China y los mal denominados países emergentes, contando incluso con la cooperación de algunos empresarios locales. En definitiva cada país ha ido ocupando algún segmento, algún punto fuerte, alguna parte de ese mercado para resistir ahí, de manera que los que sucesivamente han ido pasando por las crisis de reconversión no han podido alterar algunas de las partes del modelo productivo establecido. Dicho de otra forma las opciones se van reduciendo a medida que transcurre el tiempo: copiamos el diseño italiano, exportamos mayoritariamente a través de los agentes distribuidores holandeses y alemanes, compramos maquinaria italiana para la mecánica o el montaje del zapato… Empresas y países ocupan mayoritariamente los distintos segmentos en los que se subdivide el zapato como producto cada vez más diversificado. Así el margen para seguir es cada vez más estrecho, las oportunidades disminuyen salvo que se produzca una revisión más o menos general del mismo que es lo que se propone. Por poner un ejemplo conocido, Ferrán Adrià ha descendido hasta todos y cada uno de los componentes de lo comestible para reinventar la cocina después. Y es algo que de alguna manera ya se hizo. La expansión del sector, al menos en Elche vino de la confluencia entre la alpargata textil y el piso de goma. Un conjunto de innovaciones que explican en parte que el calzado deportivo o que el zapato “de a diario” aún aguante en esta ciudad.  Algo parecido hay que hacer ahora, y en parte se está haciendo. Por poner un ejemplo conocido: Pascual Ros aplica al plástico el diseño italiano resultando zapatos vistosos y más baratos que el calzado de piel. Salvador Artesano a lo que me han dicho intenta el producto personalizado. Barrabés desde Benasque arrasa con la distribución minorista de calzado especializado en línea a través de Internet…

Sin embargo eso es solo una parte de la solución. La acumulación de capacidades de innovación sobre el territorio termina produciendo salidas aparentemente imprevistas. Cuando el presidente de la patronal de las industrias auxiliares del calzado afirma que sus productos se redirigen ahora a sectores que nada tienen que ver con él enuncia a la vez uno de los síntomas de la crisis y una de sus posibles salidas. Al mismo tiempo cuando en esta ciudad alguien se plantea potenciar el turismo se están buscando salidas al ejército de desempleados, en su mayor parte procedentes del desplome del calzado y la posterior debacle del negocio inmobiliario.

Anuncios