Laura Ibáñez

Los paisajes que se podían ver en la Senda del Poeta eran muy hermosos

Periodista

Este año siempre quedará grabado en mi memoria. Ha sido la primera que vez que ido a la Senda del Poeta y si he de decir la verdad fue un auténtico desastre. Pero sólo al principio…

No sé muy cómo me convencieron para que me apuntara, pues no me suelen gustar demasiado las actividades al aire libre. Y, además, reconozco que siempre me ha gustado viajar de forma cómoda pudiendo dormir en un hotel con una cama blanda y que cumpliera unas mínimas normas de sanidad. Pero ahí estaba yo el 25 de marzo con una mochila de mano, el saco de dormir y una esterilla aislante llegando a Orihuela después de haber cogido un autobús y un tren para poder arribar desde mi ciudad hasta este municipio de la Vega Baja. Y mientras caminaba en dirección a la Casa-Museo de Miguel Hernández (tarde, como siempre), lugar desde el que parte la senda, me preguntaba qué había tomado el día en que, con pulso vacilante, introduje mis datos personales en la página web del IVAJ para apuntarme a esta odiosa senda. Pero ya no había vuelta atrás. Me tenía que conformar y tratar de pasar los próximos tres con el mejor buen humor que pudiera.

Pero mi mal humor no me dejaba tranquila. Cuando me reuní con mis amigos, los inspiradores de la idea, se me pasaron algunas ideas desagradables por la cabeza. Ellos eran las responsables. ¡Y encima tendría que pasar los próximos tres días con los culpables de mi lamentable situación!

Con estos pensamientos en mi abotargada cabecita, comenzó la senda. Los primeros kilómetros pasaron rápido. Empezaba a gustarme aquello de caminar porque sí. El paisaje era muy hermoso. La compañía también era bastante agradable… Y, bueno, los versos de Miguel Hernández ya me empezaban a hartar un poco porque no paraban de repetir siempre los mismos. Además, las continuas paradas impedían mantener un ritmo constante. No obstante, empezaba a gustarme aquello. Al final parecía que me había quejado de manera un tanto injustificada. Hasta me estaba divirtiendo. Y los tres días pasaron de manera que casi no me di cuenta. Vale que el saco de dormir era incómodo y estaba cansada de andar tanto. Pero estaba siendo una experiencia única, algo que jamás había vivido hasta ahora. El domingo cuando, después de visitar la tumba de Miguel, me despedí de mis amigos, los dejé sabiendo que volvería. Y ahora, cuando ya han pasado unos meses, todavía estoy más convencida que nunca de que en marzo tengo una cita con la Senda del Poeta.

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